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alas refug

Asociación Internacional Caritativa y
Protectora de víctimas de la persecución
religiosa, refugiados de guerra, objetores
de Conciencia, apátridas, gente oprimida
y exilados políticos. 

TRAS LA RELATIVA ESTABILIDAD DEL MUNDO,

                       LA GENTE SE MUEVE EN SILENCIO

 

 

LO QUE MÁS ME LLAMÓ LA ATENCIÓN de Chuck Junh fue el silencio. A su lado pasaban cientos, miles de personas cuyas voces habrían hecho estremecer un estadio, pero iban silenciosas.

Tan solo caminaban; tantas, que llenaban la carretera de un borde a otro hasta donde Junh alcanzaba a ver, y todo lo que oía era el suave sonido de los pies sobre el sendero . La gente empleaba sus últimas fuerzas en seguir avanzando. Junh, miembro de un organismo estadounidense de ayuda que estaba en Rwanda en la época, recuerda: “Cuando la gente está al límite de sus fuerzas no se ocupa de fruslerías. No decían ni media palabra. Su silencio era absoluto. Estaban tan agotados y flacos que parecían pertenecer a otra realidad”.

Junh contemplaba una de las migraciones humanas más numerosas de los últimos años. Ocurrió en diciembre de 1996. Era el retorno repentino de más de 450 mil refugiados ruandeses de los campos de Tanzania a su país natal, después de las sangrientas revueltas de 1994 y 1995. Obligados a abandonar Tanzania a causa de los plazos límites fijados por el gobierno, los refugiados dejaron vacíos los enormes campamentos en menos de una semana e iniciaron el regreso a su país. Cuando hablé con él hace poco en Tanzania Junh me dijo: “Me alegra haberlo visto, pero no quiero volver a contemplar nada semejante nunca.”.

Y quizá no lo vea: Los desplazamientos de miles de personas rara vez son tan repentinos, pero algo semejante ocurre todos los días. En la mayor parte del mundo, tras su apariencia relativamente estable, se produce el mismo tipo de desplazamientos numerosos, casi en el mismo silencio. En los aeropuertos, puertos marítimos y estaciones de tren, a lo largo de fronteras boscosas y aún donde el acero y el alambre de púas forman barreras que parecen impenetrables, miles de personas van en camino hacia algún nuevo hogar. No hacen mucho ruido, pero cambian el mundo.

El término MIGRACION HUMANA es un concepto vago: la gente piensa por lo general en el tránsito permanente de personas de un hogar a otro; en un sentido más amplio, no obstante, la migración se refiere a todas las formas – desde el desplazamiento estacional de los trabajadores agrícolas dentro de un mismo país hasta el traslado de refugiados de un país a otro – en que la gente aplaca la fiebre o la necesidad de cambiar de lugar de residencia.

La migración es significativa, peligrosa, imperiosa. Es el Éxodo, Ulises, la batalla de Azincourt, los barcos Vikingos en alta mar rumbo a Islandia, las naves de esclavos y la guerra civil, el desplazamiento secreto de refugiados judíos a través de los territorios ocupados durante la Segunda Guerra Mundial. Son 60 millones de europeos que abandonaron su hogar entre los Siglos XVI y XX. Son 15 millones de Hindúes, Sijs y Musulmanes desarraigados por la tumultuosa reorganización de ciudadanos entre India y Pakistán después de la división del subcontinente en 1947. A medida que el siglo se acerca a su fin, la migración, con su inevitable agitación económica y política, ha sido llamada “uno de los grandes retos del próximo siglo”.

 

Pero es mucho más que eso. Es, como siempre ha sido, la gran aventura de la vida humana: contribuyó a crear al ser humano, lo llevó a la conquista del planeta, dio forma a nuestras sociedades y promete darles una nueva silueta.

................ DURANTE LOS ÚLTIMOS MESES, conocí a mucha gente que se encontraba en varia etapas de un éxodo dado. Se trataba de personas amables y bondadosas, sin excepciones; pero las fuerzas que las impulsaban eran implacables. “Los soldados llegaron durante la noche - me dijo Mohamed, mi interprete - . empezaron a matar a la gente; a dispararles. Mataron a algunos de los parientes (de los refugiados). Si, mataron a algunos de sus familiares”.

Me encontraba en un recinto a la orilla del lago Tanganica, del lado de Tanzania. El techo de lona azul tenía impresa la sigla ACNUR, Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados. El ACNUR tiene programas en más de 100 países y en 1.997 intervenía en la vida de 22 millones de personas.

Adentro estaban sentados unos 20 refugiados de la pequeña nación africana de Burundi. Limítrofe al noroeste con Tanzania. Habían llegado a ese centro de recepción el día anterior en bote, bordeando la costa del lago Tanganica. Entre ellos se encontraba un refugiado que narró a Mohamed en swahili lo que había pasado unos cuantos días antes.

Hablaba impasiblemente, como si describiera una máquina. Junto a él estaban sentados su esposa y su hijo; él tenía 20 años de edad y su esposa 18; el niño de 9 meses presentaba úlceras en todo el cuero cabelludo.

“Ese hombre estaba con sus padres allá – me explicó Mohamed -, pero hasta ahora no saben si están vivos o los mataron, caminaron durante siete días para venir a este país”.

No supe que decir. El refugiado me miró sin emoción, como diciendo:” Es demasiado grave como para que muestres compasión”. Otros 20 pares de ojos en el recinto me miraban serenamente diciendo lo mismo.

“Es escandaloso para usted – me dijo Mohamed – pero no para nosotros, porque lo oímos día y noche”.

Una bitácora que lleva en el recinto la organización para la que trabajaba Chuck Junh, el Comité de Rescate Internacional, narraba la cruda historia sobre la salud de los refugiados que llegaban: malaria, hombro dislocado., malaria, herida de bala, herida de bala, herida de bala, múltiples heridas de bala ......

Los especialistas llaman “migración forzada” a este tipo de migración. La mayoría de los 20 millones de personas o más que reciben ayuda del ACNUR huyen de la guerra. La cifra fluctúa mucho: en 1991 era de 17 millones, aumentó a 27 millones en 1995 y disminuyó a 22 millones en 1997.

Imaginar tal cantidad de personas es difícil, pero siempre me será muy fácil recordar a la pequeña familia de Burundi sentada en una estera de paja en el centro de recepción del ACNUR esperando una ración de panecillos de alto valor energético y mirándome con esa extraña serenidad, mientras Mohamed me explicaba cómo habían logrado seguir avanzando, día tras día, caminando a través del monte., para llegar aquí:

El hambre los forzaba a caminar; y, además de eso, la búsqueda de la paz”.

 

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Nota de Revista ARIEL:

Apartes tomados de la Revista National Geográfic. La fuente no indicó número de edición ni año.    Un artículo que cobra actualidad en nuestros días.