Miguel Servet, el científico hereje que fue quemado tres veces

Autor: Javier Yanes. En: OpenMind BBVA. 20 septiembre 2023

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Miguel servet

La muerte en la hoguera ha sido un método popular de ejecución en la historia de la humanidad desde tiempos antiguos, y a menudo la causa de esta pena cruel ha sido la herejía religiosa o la disensión de pensamiento. Tal fue en 1553 el caso del español Miguel Servet, descubridor de la circulación sanguínea pulmonar y condenado por su doctrina teológica. El 20 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Libertad de Expresión del Pensamiento, una ocasión para reivindicar este derecho fundamental consagrado en 1948 por la Organización de las Naciones Unidas y que hoy sigue quebrantándose en multitud de países. Pero entre tantos personajes reprimidos por sus ideas, Servet es quizá un caso único: tan grave fue considerado su delito de pensamiento que fue quemado no una vez, sino tres, dos de ellas simbólicamente.

Sobre la trágica figura de Miguel Servet (29 de septiembre de 1511 – 27 de octubre de 1553) es mucho lo que se desconoce, comenzando por su origen e incluso su nombre auténtico. Más que en datos históricos, la fecha propuesta para su nacimiento se basa en que el 29 de septiembre es el día de San Miguel, y es una tradición católica elegir el nombre de los recién nacidos de acuerdo al santoral. Los historiadores discuten si nació en Villanueva de Sigena (Aragón) o en Tudela (Navarra), y si su cambio de nombre a Miguel de Villanueva, tras su primera persecución, fue una vuelta a su apellido real o un homenaje a su tierra. Es decir, como resume el historiador y médico Francisco Javier González Echeverría, no está claro si aquel perseguido era Miguel de Villanueva, alias Servet, nacido en Tudela; o si era Miguel Servet, y quiso marcar su origen en Villanueva de Sigena.

Tan grave fue considerado el delito de pensamiento de Miguel Servet que fue quemado no una vez, sino tres, dos de ellas simbólicamente.

También fue peculiar su trayectoria. Con solo 15 años dejó España para estudiar leyes en Francia, donde viviría la mayor parte de su vida. Viajó por Europa gracias a su trabajo como secretario del fraile franciscano Juan de Quintana, quien se convertiría en confesor y consejero del emperador Carlos V. Fue entonces cuando, escandalizado por el lujo y la corrupción del papado, abrazó la Reforma protestante encabezada por Lutero.

Sin embargo, fue mucho más allá en sus planteamientos de lo que la Reforma toleraba. Estudió la Biblia en hebreo y griego, llegando a la convicción de que la traducción oficial en latín había tergiversado la doctrina. En 1531 publicaba su primer libro, cuyo título no escondía sus intenciones: en De Trinitatis Erroribus impugnaba el dogma de la Trinidad, lo que puso en su contra a católicos y protestantes. Tras cambiar su apellido, recaló en París, donde estudió medicina al tiempo que enseñaba matemáticas y astronomía.

EL PRIMERO EN COMPRENDER LA RESPIRACIÓN

En París, Servet heredó del famoso anatomista Andreas Vesalio el puesto de ayudante en las disecciones. Su conocimiento de la obra de Galeno —el médico grecorromano cuyas teorías triunfaban por entonces— no tenía rival. Pero volvió a enredarse en problemas: tras una disputa con las autoridades universitarias, emigró de nuevo para establecerse en Vienne (en el sureste de Francia), donde ejerció como médico y corrector de imprenta.

En 1553 Servet publicaba su obra más famosa, Christianismi Restitutio, un tratado de teología que contenía sus indagaciones sobre medicina. Crédito: Dominio Público

Por entonces entabló correspondencia con Calvino, que dirigía la Reforma protestante en Ginebra. La relación pronto se truncó; las ideas de Servet exasperaron de tal modo a Calvino que este decidió ignorarle, pero en 1546 escribió en una carta a un amigo: “Si [Servet] viene aquí, si mi autoridad sirve de algo, nunca le permitiré que se marche vivo”.

Por fin, en 1553 Servet publicaba su obra más famosa, Christianismi Restitutio, un tratado de teología que sin embargo contenía sus indagaciones sobre medicina, ya que para él la fisiología revelaba la conexión divina del ser humano. “Quien realmente comprende cómo funciona la respiración del hombre ya ha sentido la respiración de Dios y por tanto salvado su alma”, escribió.

Y en efecto, Servet fue el primer autor en Occidente que comprendió la respiración. Hasta entonces primaba la teoría de Galeno, según la cual el aire viajaba al corazón por la vena pulmonar para mezclarse con la sangre, que después cruzaba de un ventrículo a otro a través de poros para distribuirse por el organismo. Servet propuso en cambio que la arteria pulmonar llevaba la sangre a los pulmones no solo para nutrir estos órganos, sino para recoger el aire a través de capilares, y que después regresaba por la vena pulmonar al corazón. Es decir, no existía comunicación entre los ventrículos, algo que Vesalio ya había cuestionado, sino que la sangre pasaba de uno a otro únicamente previa circulación por los pulmones para su aireación.

CONDENADO POR SU DOCTRINA TEOLÓGICA

La teoría de Servet, que resultó correcta, tuvo poco eco; tal vez porque se publicó en un volumen de teología en el que relacionaba la circulación sanguínea con la diseminación del alma por el cuerpo, pero también porque sus obras fueron quemadas a su muerte. El italiano Realdo Colombo describiría también correctamente la circulación pulmonar en su obra póstuma De Re Anatomica, publicada seis años después que la de Servet, pero no sería hasta el siglo XVII cuando este conocimiento quedó firmemente asentado con los trabajos del inglés William Harvey.  

Por el contrario, fue la doctrina teológica de Servet la que levantó un gran revuelo y motivó su persecución, principalmente por su negación de la Trinidad y su rechazo al bautismo infantil. Condenado por la Inquisición católica, huyó de Vienne, donde tuvieron que conformarse con quemar su efigie junto a libros en blanco. Pero por algún motivo ignoto, de camino al sur de Italia decidió hacer escala en Ginebra. Allí fue reconocido, acusado y condenado a la hoguera.

Fue la doctrina teológica de Servet la que motivó su persecución, principalmente por su negación de la Trinidad y su rechazo al bautismo infantil.

Aunque había sido él mismo quien promovió la persecución contra Servet y quien dictaminó que debía ser ejecutado, el propio Calvino trató de conmutar su pena de muerte en la hoguera por una más piadosa decapitación, pero fue inútil: el tribunal, presidido por una facción opuesta a Calvino, confirmó la sentencia, y el 27 de octubre de 1553 Servet ardió con un ejemplar de su obra atado al brazo.

Todavía Servet sería quemado en efigie una tercera vez. Según relata el proyecto Filosofía en Español de la Fundación Gustavo Bueno, en 1902 el ensayista y autor barcelonés Pompeu Gener propuso en el Congreso Internacional de Librepensadores, celebrado en Ginebra, que se erigiera un monumento a Servet en Champel, el lugar de la ciudad suiza donde el teólogo y médico fue ejecutado. Ante la oposición del Ayuntamiento de Ginebra, que se limitó a colocar una placa conmemorativa defendiendo la libertad de conciencia pero expiando el error de Calvino, la estatua de Servet en prisión, obra de la ginebrina Clotilde Roch, fue finalmente erigida en 1908 en Annemasse, a pocos kilómetros de Ginebra pero en territorio francés.

La estatua de Servet fue fundida durante la ocupación nazi en 1941, pero finalmente restituida en 1960 en un parque de Annemasse.

Sin embargo, la estatua no sobreviviría a otra inquisición moderna, la del nazismo. El 13 de septiembre de 1941 el gobierno francés de Vichy, colaboracionista con la ocupación nazi, retiró y fundió la escultura de bronce. Aunque esta fue una práctica común destinada a obtener metal para fabricar cañones, se dice que la Resistencia francesa colocó una cinta en el monumento —se ignora si antes o después de su destrucción— en la que se leía: “A Miguel Servet, primera víctima del fascismo”. La estatua fue finalmente restituida en 1960 en un parque de Annemasse.

Aunque es difícil asegurar al cien por cien que esta tercera quema de Servet se debiera, como las dos anteriores, a motivos ideológicos, expertos en su figura y su obra han destacado su papel como “apóstol del libre pensamiento”, tal como figura en la inscripción de su estatua en Annemasse. Para el filósofo español Ángel Alcalá, la búsqueda de la verdad y el derecho a la libertad de conciencia fueron los dos grandes legados de Servet. Y según el estadounidense Marian Hillar, “desde una perspectiva histórica, Servet murió para que la libertad de conciencia pudiese convertirse en un derecho civil del individuo en la sociedad moderna”.